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reflexiones

Las emociones hay que caminarlas enteras

3 min de lectura

Hay una forma de estar quieto que no es descanso.

Es la del que se levanta temprano, mira a su alrededor, y ve que todas las puertas que conoce dan al mismo sitio. No están cerradas con llave. Están cerradas de una manera peor: se abren a lugares donde ya estuvo, y de los que ya tuvo que volver.

A eso lo llamamos estar bloqueado. Y no lo es.

Yo vivo estos días dentro de una casa que se está cayendo. Hay grietas que no he abierto yo, y goteras que no sé cuándo van a parar. Y durante mucho tiempo he creído que mi trabajo era levantarla entera, de una vez, antes de que anocheciera.

No lo es. Mi trabajo, hoy, es que no se caiga hoy.

Porque cuando uno mira la ruina completa, la ruina gana siempre. Es más grande que tú, tiene más tiempo que tú, y no tiene ninguna prisa. Pero la ruina no sabe pelearse con quien no la mira entera. La ruina no sabe defenderse de una pared. De una sola. De la de hoy.

Y hay algo que he aprendido tarde: que la luz no siempre enseña el camino. Que a veces la luz es tanta, que sólo deja ver el siguiente paso.

Y uno se queda ahí parado, esperando a que aclare, creyendo que le falta información. Y no le falta información. Le sobra expectativa.

Hay tanta luz en el destino al que lleva mi camino, que sólo alcanzo a ver el próximo paso.

Eso no es un consuelo. Es una instrucción. Es mi ley.

Porque el paso siguiente siempre está en tus manos. Siempre. Puede que no tengas el dinero, ni el permiso, ni el tiempo, ni a nadie mirándote. Pero el paso siguiente no necesita nada de eso. Sólo necesita que dejes de pedirle al camino que se te enseñe entero antes de empezar a andarlo.

Yo no sé dónde termina esto. No lo sé.
Sé dónde pongo el pie ahora.

Y hoy eso es suficiente. Hoy eso es todo lo que hay.
Y resulta que es bastante.

Esto lo leí y lo hablé entero aquí:


La técnica: caminar la emoción entera

Esquema de las tres formas de una emoción: el camino, el bucle y la evitada

Una emoción tiene tres tiempos: entra, sube, y tiene que bajar.

Si la evitas, no desaparece: vuelve por otro sitio, disfrazada, y a veces se instala en el cuerpo. Y si te quedas alimentándola, tampoco baja: eso es el bucle, y ahí el sufrimiento no termina nunca.

La forma correcta es la del medio, y es incómoda: reconocerla, dejarla subir, y sostenerla hasta que baje sola. Entre las patas del camello, montado encima, y caminarla entera.

Y para salir del bucle, lo que a mí me funciona es sacarla del cuerpo y ponerla fuera: escribirla. Lo que te preocupa, tal cual, sin ordenarlo. También sirve hablarlo con alguien que te escuche sin juzgarte, o grabártelo a ti mismo en el móvil.

Lo importante no es resolverlo al escribirlo. Es que una emoción que está sobre un papel ya no está dando vueltas dentro, y desde fuera se le puede ver el final.

Y cuando baje: el próximo paso.