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reflexiones

La herida del embudo

4 min de lectura

Hay una forma de crear —y de vivir— que hace daño sin que entiendas por qué. Yo la arrastré durante años, en casi todo lo que hacía, y solo hace poco le he puesto nombre: la herida del embudo.

Imagina un embudo. Boca ancha arriba, cuello estrecho abajo. Por la boca ancha echas tu vida entera: tus horas, tu esfuerzo, tu verdad. Y solo cuentas lo que consigue pasar por el cuello: que te escuchen, los números, los aplausos, el reconocimiento, el sitio. Todo lo demás —casi todo— el embudo te lo declara desperdiciado.

Ahí empieza el daño. Porque esa medida vive fuera de ti, en manos de otros. Y cuando no llega —cuando hay silencio, o indiferencia— no lo lees como «esto no encajó», sino como «no valgo». No es un juicio sobre tu obra: es la métrica hablando por tu boca.

Una sola herida, muchos disfraces

Una sola marioneta que proyecta sombras de distintas figuras y personalidades en tonos fríos

Lo más revelador fue darme cuenta de que no eran muchas heridas distintas. Era una sola, repetida con trajes diferentes. Aparecía en mi trabajo, en mis proyectos, en mis relaciones. Yo creía que el problema estaba en cada sitio —en aquella gente, en aquel ambiente—, pero no: el embudo no estaba fuera. Lo llevaba puesto. Es una lente, una forma de mirar, y una lente va contigo a todas partes.

Por eso el mismo patrón encontraba escenario una y otra vez. Misma ecuación, decorados nuevos. Y verlo entero, a la vez, en todas sus caras, fue lo que empezó a soltarlo: solo puedes ver un bucle así desde fuera de él.

Por qué no se cura consiguiendo más

Uno piensa: «si por fin llega el reconocimiento, esto se calma». No se calma. Porque el embudo no tiene un «suficiente». Siempre hay más alcance posible, más gente a la que llegar, así que el esfuerzo no termina nunca y la validación jamás es definitiva. Es un cubo sin fondo: echas agua y echas agua y nunca se llena.

Y hay algo aún más agotador: la atención solo se sostiene mientras tú sigas bombeando. En cuanto paras de empujar, se apaga. No porque tu obra valga menos, sino porque nunca hubo un manantial de verdad; había una bomba, y la movías tú. (Quizá reconozcas aquí algo de lo que conté en «No estás desconectado. Estás olvidado.»: por qué ni el éxito me llenaba ni el silencio tenía piedad.)

En el fondo el mecanismo es siempre el mismo: el embudo pone toda tu atención río abajo —¿gustó?, ¿llegó?, ¿crecí?—, justo donde no tienes ningún poder, y te la quita de lo único que sí controlas: la verdad y el cuidado de lo que haces. Garantiza angustia y mata el gozo de crear.

De dónde viene

Los embudos casi nunca nacen adultos. Suelen ser una ecuación que aprendimos pronto, casi sin palabras: «valgo por lo que entrego, no por lo que soy». Si de niños el cariño o el lugar parecían ganarse produciendo, destacando, rindiendo… media vida después seguimos jugando la misma partida en tableros nuevos.

No hace falta certeza sobre el origen. Basta con reconocer la trampa cuando aparece. Y ya la has reconocido.

Ver la herida no la cura del todo —volverá a susurrar cada vez que hagas algo—, pero le quita el poder de disfrazarse. Y sobre todo abre una pregunta: ¿hay otra manera de crear, que no pase por el embudo? La hay. Se parece a un faro. De eso hablo en la segunda parte.

Esto forma parte de algo más grande en lo que trabajo: una manera de entender la consciencia como una red. Lo voy compartiendo poco a poco.